Big Bites; Big Bummer

UPDATE al 2 de agosto de 2013:

Hace poco me enteré que, aparentemente, una posible socia (posible porque no es información confirmada y, a diferencia de otros, no quisiera informar con mentiras) o al menos una trabajadora o persona relacionada a Big Bites dijo que yo soy hija del dueño de Holy Cow, y que por eso los critiqué. Nada más gracioso y alejado de la verdad. Ya quisiera ser hija de un restaurantero, y más de uno que se especializa en hamburguesas; comidas gratuitas para mí y mis amigos (que son como dos) llenarían mi estómago y mi figura de más y más kilos que mucho trabajo me costaría bajar.

Esto no es verdad, yo no soy hija ni estoy relacionada de ninguna manera con Holy Cow o, lamentablemente, con cualquier otro restaurante en Hermosillo. Es más, he ido una vez a comer sus hamburguesas y me gustaron bastante. Es en verdad risible y penoso que Big Bites esté defendiéndose de mí, una simple usuaria y consumidora, diciendo que “ya averiguaron” por qué fui yo “la que les echó” en Servicio Fail porque “soy la hija del dueño de Holy Cow, y soy la que atiende”. Soy hija de un geólogo, y hasta hace poco era trabajadora de gobierno, empleo que me daba un modesto sueldo que me servía para, de vez en cuando, pagarme el lujo de comer en la calle.

No quiero dar detalles de lo que yo considero una reacción apropiada a quejas del servicio, pero estoy segura que decir mentiras como la que aparentemente ellos dijeron de mí, no es lo correcto.

Aunque la verdad sí me dio mucha risa enterarme que dijeron eso. Estoy tentada en ir  a ver si es verdad que dicen eso de mí, y a ver con qué cuento me salen.

Fail y shame on you, Big Bites.

 

Ahora los dejo con el texto original.

 

 

Este texto es lo que escribí la noche que probé por primera vez las hamburguesas de Big Bites, en Hermosillo. La reseña la publiqué en el grupo “Servicio Fail”, en Facebook, donde por las últimas semanas no habían hecho mas que alabar el servicio y la calidad de este lugar. Aclaro que no tengo nada personal contra este establecimiento y estaría encantada de darles otra oportunidad, cuando se me olvide lo terrible de esta experiencia (algo así como las mujeres que vuelven a dar a luz, como que se les olvidó todo lo que les dolió). También quisiera aclarar que he recibido comentarios de personas que tuvieron, al igual que yo, una mala experiencia y muy similar a la mía, por lo cual, tristemente, debo descartar que se trate de un evento aislado y propio de mi mala suerte.

19 de Julio de 2013.

Lamento tener que ser yo la que rompa con la buena (sospechosamente buena) racha de Big Bites.

Hoy, a raíz de todos sus comentarios extasiados y desbordantes de un amor casi comparado con la lujuria hacia este establecimiento, decidí acudir porque no soy sólo fan de las hamburguesas, sino de los lugares que se caracterizan por servir muy bien reportado.

¿Cuál fue mi desdicha? ¿Qué hice yo para merecer esa inmunda hamburguesa? Quédense conmigo que ahorita les cuento cronológicamente el suceso.

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No Poo (o una buena excusa para hablar aquí)

La inevitable presentación y descripción de mí (léase, también, el background del experimento)

En varios aspectos de mi vida, soy más o menos la antítesis de la femineidad. Es decir, no soy tan cuidadosa con mi imagen, no me preocupo por tener zapatos de la nueva temporada o muchas bolsas (tengo dos, uso solo una y las compré porque se rompió la que usaba antes); no me maquillo, por comodidad más que por pereza, vivir en una ciudad que alcanza los 48ºC no deja que una se vea bien por mucho tiempo; soy mal hablada, eructo demasiado y prefiero mil veces gastar mi dinero en videojuegos que en ropa nueva.

Por lo mismo, no tengo mucho cuidado con mi cabello. Lo llego a cortar cada año o año y medio. Nunca me lo pinto. Casi no me peino. Básicamente estoy lista con un gancho y ya. Lo cual, irónicamente, hacía que mi cabello fuera notablemente más lindo que cualquier otro aspecto de mí (competencia no necesariamente difícil). Que mis cuidados a mi cabello consistieran en, si bien me iba, lavarlo una vez cada 24 horas, hacían que lo tuviera brillante, manejable y bonito.

Hasta que mi mamá y una amiga (que es la hija que mi madre nunca tuvo) necearon para que me hiciera algo que en el mundo estilista se conoce como “transparencias” (los primos ricos de los “rayitos”, y por “ricos” quiero decir que son caros, muy caros).

Sí, se me veían bien. Muchas personas notaron el cambio, parecía yo “muchacha”. Pero solo duró un par de semanas. Luego el cabello se empezó a maltratar. Por primera vez en años se enredaba. Lo sentía muerto. Las puntas estaban HORRIBLES. Y si hasta yo me daba cuenta, es que era caso serio.

Por mucho tiempo me dediqué a darle los tratos de siempre a ver si, por arte de magia, se componía. No quería someterme a otro tratamiento (caro y contraproducente) que me obligara a entrar al círculo vicioso del “tienes que hacerlo cada dos o tres meses”. Hell no, sería demasiado dinero (y yo tengo prioridades = comida que comprar).

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